Te regalo un relato.-

CORPUS DELICTI.-

Siempre me he preguntado que pasa por la mente de las personas cuando viajan.

Ante la falta de respuestas, acabo dándole forma a sus historias (o más bien debería decir mis propias historias) aquellas que surgen ante la falta de respuestas de quienes, silenciosos, dejan que su mente vague por los lugares más insospechados de las complejidades del ser humano.

Mi viaje a Barcelona será largo, así que, preparo mi Moleskine y mi inseparable pluma; acomodo mi imaginación para darle vida a las historias de mis compañeros de vagón.

El traqueteo de la locomotora no me facilita mucho el trabajo, pero envuelve la escena con ese halo de misterio que agrada a los lectores, aderezado con el aroma de mi pipa, propia de los caballeros de época; sin duda el escenario perfecto para los dos días que durará el trayecto que me devolverá a mi pasado, aquel del que huí hace apenas cinco años, y que se empeña en volver sin vacilar, sin ser consciente del dolor que provoca.

Por eso no me sorprende la mirada perdida de la dama que se sienta a mi lado apenas dos minutos antes del cierre de acceso a las vías.

El ser humano no está preparado para el dolor, el que te atrapa las entrañas, que se retuerce como el diablo y te deja sin aliento, hasta ser capaz de provocar tu muerte en vida, de convertir tu cuerpo en alma errante, vacía, sin sentimientos, o quizá los llena de aquellos que son tan dolorosos que prefieres dejar de lado y mirar sin ver, como si no existieran.

Así son los ojos de Lady Sadness (así es como he decidido llamarla); mirada triste, pelo descuidadamente recogido, como único abrigo un chal de lana que cae involuntariamente sobre sus hombros, y unas manos que si bien son menudas y delicadas, presenten signos de cansancio, del trabajo duro al que han sido sometidas a sus escasos veinticinco años. Quizá la única muestra de cariño que ha recibido antes de dejar atrás aquella vida de la que ahora huye, ha sido el abrazo del joven que la ha acompañado a la estación, el que busca su mirada a través de las ventanas sin encontrarla, el que mira hacía atrás entre la multitud del andén esperando no encontrarse con aquel de quien ella huye, el que se ha quedado con la rosa marchita en su mano, al no encontrar el momento para decirle que la ama ante su marcha apresurada, aquel por el que ella se queda con un beso en el aire y que dibuja un corazón solitario a través del vaho del ventanal.

Mis pensamientos son interrumpidos por la voz del interventor que se acerca ruidosamente desde el fondo del pasillo, cerrando puertas y anunciando la inminente marcha hacia la Ciudad Condal. Cuando llega a nuestra puerta no disimula una mirada lasciva hacía quien cree mi preciosa acompañante; desconoce que apenas nos conocemos y que su mirada de triste enamorada no se dirige hacía mi, sino a aquel que buscaba sus ojos desde el andén.

– Sir Arthur – apenas me mira mientras me dirige sus solicitas palabras – lamento tener que interrumpir sus menesteres, pero el jefe de estación precisa de su servicios. Hemos tenido un imprevisto y tenemos que demorar unos minutos la salida del ferrocarril, hasta que lleguen los servicios sanitarios. – Sus palabras apenas son un susurro y Lady Sandness no le escucha; su mirada sigue buscando al desconocido del andén.

Me levanto presto, intentando no molestar a la preciosa dama que sigue con la mirada pérdida.

Apenas pregunto, estas son las reglas para quien requiere de mis servicios y deberá darme toda la información sin que tenga que sonsacarle. Para eso soy el detective más reputado de principios de siglo; mi trabajo consiste en observar y escuchar hasta llegar a la solución del problema.

Salimos por el estrecho pasillo mientras el interventor va dando tumbos contra las portezuelas de los vagones, como si hubiera consumido mayor cantidad de aguardiente que de costumbre en el desayuno. Tras unos minutos de andares inestables llegamos al urinario; donde la puerta, ligeramente entornada, nos deja entrever el cuerpo de un joven, de unos treinta años, que nos recibe con su cuerpo inerte, colgando del marco de la puerta. El hedor es insoportable, y se introduce por cada uno de los poros de mis fosas nasales.

Me aparto contrariado del arco de la puerta, mientras el jefe de estación, tras agradecerme solícito mi presencia, me desgrana cada uno de los detalles en que fue encontrado al finado, si bien desconoce su identidad y el motivo de su muerte.

– Este es el primer viaje que iniciamos después de unos días de descanso, de modo que por el olor que desprende, pensamos que lleva muerto dos o tres días. Es muy probable que por eso nadie se haya dado cuenta de su fallecimiento. No hemos encontrado, a simple vista, signos de violencia y ello nos lleva a pensar que la muerte fue accidental.

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¡Felices lecturas!

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